martes, 5 de marzo de 2013

Maldición, nuevamente maldición...


En el fondo de mi alma (si existe tal cosa) no soy más que una pesimista.
Con la muerte -de mi viejo primero-, de Nestor el mismo año y ahora de Chavez , me siento morir un poco.
Me digo que el pueblo venezolano ya no dará ni un paso atrás, que las conquistas son irrevocables, que el camino a la patria grande está definitivamente iniciado. Pero en el fondo de mi ser, la tristeza cubre la esperanza de pesimismo. Porque si sólo se tratara de esperanza, bastaría el optimismo. Pero no fue optimismo lo que redujo la pobreza  del pueblo venezolano del 70,8 % al 21 % ni las buenas intenciones son las que redujeron la  pobreza extrema del 40% (1996) a un nivel tan bajo como el 7,3% (2010).
Por eso maldigo, porque tendré que esperar que me muestren, con hechos, que Maduro es un heredero digno, que harán honores a  la lucha, que impedirán que los buitres vuelen en círculos sobre la región, esperando que sobre el cuerpo de Chavez - que no es más que el cuerpo de Venezuela y su pueblo- también caigan Ecuador, Bolivia, el ALBA entero.
La tristeza me hace una pesimista insoportable.  Mala combinación. Solo serán nuevos albas, nuevas jornadas de trabajo, nuevos discursos apasionados los que inclinen levemente mi comisura en algo parecido a una sonrisa de satisfacción, pensando que sigue siendo realidad que el norte es el Sur.
De todos modos, que importa lo que sienta yo en este momento.